Ecumenismo
«¡Saludos, terrícola! Los he elegido»: cuando el hombre confundió el mensaje universal de Dios con un privilegio familiar
2026-10-10
Imaginemos que una inteligencia no humana llega a la Tierra por primera vez. Su nave desciende ante un campesino que, sorprendido, escucha una voz:
—¡Saludos, terrícola! Los he elegido.
El hombre, incapaz de comprender completamente la naturaleza de aquel visitante, interpreta el mensaje desde su propia condición. Se arrodilla, agradece haber sido elegido y corre a comunicar la extraordinaria noticia a su familia.
Con el tiempo, sus hijos y nietos transmiten aquella experiencia como una prueba de que ellos son especiales. Construyen tradiciones alrededor del acontecimiento y llegan a convencerse de que el visitante los prefiere sobre cualquier otra familia.
Pero hay un detalle que nadie parece haber considerado: el visitante dijo «terrícola», no el nombre de aquel hombre; dijo «los he elegido», no «te he elegido exclusivamente a ti».
Quizá estaba hablando de toda la humanidad, pero solamente uno de sus habitantes se encontraba allí para escucharlo.
Esta sencilla ficción permite formular una pregunta teológica: ¿pudo ocurrir algo semejante en la interpretación humana de la alianza de Dios con Abraham?
Abraham: el hombre que escuchó una promesa para todos
El Génesis relata que Dios llamó a Abraham y le prometió una descendencia numerosa. Esta relación constituye uno de los acontecimientos fundamentales de la tradición bíblica.
Aunque no se trata literalmente del primer contacto de Dios con la humanidad —pues el propio Génesis relata encuentros anteriores—, sí representa el establecimiento de una alianza decisiva para la historia de Israel.
Sin embargo, Génesis 12:3 contiene una expresión que suele quedar subordinada a la importancia concedida a la descendencia:
«Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra».
Aquí encontramos una distinción fundamental: Dios establece una relación particular, pero anuncia consecuencias universales.
Volvamos a nuestro visitante.
Cuando dice «¡Saludos, terrícola! Los he elegido», necesariamente debe encontrarse en algún lugar y dirigirse a alguien. No puede hablar simultáneamente con cada habitante del planeta mediante un único encuentro físico. Pero esa circunstancia no significa que su mensaje esté destinado exclusivamente al primer individuo que lo escuchó.
El primer receptor no tiene por qué ser el único destinatario.
Desde esta perspectiva, Abraham podría comprenderse como el depositario inicial de una misión cuyo verdadero horizonte abarcaba a todos los pueblos.
Esto no niega que la Biblia presente una alianza real con Abraham y su descendencia. Lo que cuestiona es la interpretación que convierte esa elección en propiedad exclusiva de Dios y en superioridad espiritual hereditaria.
Dios no necesitaba una sangre privilegiada para amar a la humanidad. Necesitaba, dentro del relato histórico de la revelación, un interlocutor mediante el cual comenzara a manifestarse una promesa.
El narcisismo religioso piensa: «nos eligió», «somos superiores».
El ser humano interpreta la realidad a partir de sus experiencias, necesidades y limitaciones. Por ello, incluso un acontecimiento trascendente puede terminar convertido en una afirmación de importancia personal.
Nuestro campesino imaginario podría razonar de esta manera:
«Si el visitante habló conmigo, significa que me eligió. Si me eligió, mi familia es especial. Si mi familia es especial, las demás deben ocupar un lugar inferior».
Así nace lo que podríamos denominar narcisismo religioso de la elección: la tendencia a confundir una responsabilidad espiritual con un privilegio de superioridad.
El problema no consiste en sentirse amado por Dios, sino en interpretar ese amor como una razón para considerar menos dignos a los demás.
Paradójicamente, el propio Antiguo Testamento contiene advertencias contra semejante actitud. Deuteronomio 7:7-8 explica que la elección de Israel no se debió a su grandeza frente a otros pueblos. Amós 9:7 recuerda que Dios también ha intervenido en la historia de otras naciones.
Isaías 49:6 amplía expresamente el horizonte de la misión divina hasta los confines de la tierra.
Es decir, la universalidad no es una idea extraña a la tradición de Israel: está presente dentro de sus propias Escrituras.
El teólogo Christopher J. H. Wright (2025) desarrolla precisamente esta dimensión misionera de la elección: Israel participa en un propósito divino cuya finalidad trasciende su propia existencia nacional.
La elección, entonces, no debe confundirse con la exclusión.
Jesucristo es la aclaración de un mensaje que nunca fue propiedad de una familia
Imaginemos ahora que, generaciones después de aquella primera visita, el misterioso visitante regresa.
Encuentra que los descendientes del campesino han construido una religión alrededor de su llegada. Afirman que solamente ellos fueron elegidos y que las demás familias no poseen el mismo valor ante él.
El visitante descubre que su mensaje universal ha quedado encerrado en una interpretación familiar.
¿Qué tendría que hacer?
Probablemente explicar nuevamente a quién se dirigía cuando pronunció aquellas palabras:
«¡Saludos, terrícola! Los he elegido».
Desde una interpretación cristiana, la llegada de Jesucristo puede comprenderse mediante este paralelismo.
No porque Dios haya descubierto tardíamente que se había equivocado o que su mensaje fue malinterpretado. Una concepción de Dios omnisciente no admitiría semejante desconocimiento.
La dificultad estaba en la comprensión humana, no en la intención divina.
Jesús aparece, en esta lectura, como la manifestación culminante de una verdad que el ser humano necesitaba comprender más profundamente: Dios no puede quedar reducido a una genealogía, una nacionalidad o una frontera religiosa.
La parábola del buen samaritano (Lucas 10:25-37) expresa admirablemente esta enseñanza. El comportamiento misericordioso de una persona perteneciente a un grupo considerado ajeno resulta ejemplar frente a la conducta de quienes poseen reconocimiento religioso.
El valor espiritual no se demuestra simplemente mediante la pertenencia a una comunidad, sino también mediante la práctica de la misericordia.
Posteriormente, Pedro reconoce en Hechos 10:34-35 que Dios no hace distinción de personas por su origen nacional.
Sin embargo, esta reflexión requiere una precisión histórica: Jesús era judío, sus primeros discípulos también lo eran y su predicación surgió dentro del propio judaísmo. No puede afirmarse que todos los hebreos hubieran comprendido equivocadamente a Dios.
La investigadora Amy-Jill Levine (2006) advierte sobre las interpretaciones que presentan injustamente al judaísmo como una religión sin misericordia, contrapuesta a un cristianismo exclusivamente universalista.
El malentendido que aquí criticamos no es patrimonio de los judíos. Es una posibilidad permanente de toda conciencia religiosa.
La humanidad sigue confundiendo al mensajero con su propietario
El cristianismo tampoco quedó libre de reproducir aquella confusión.
Distintas comunidades han afirmado poseer la interpretación definitiva de Dios y, en ocasiones, han utilizado esa convicción para justificar desprecio, persecución o enfrentamientos.
Nuestro campesino imaginario continúa viviendo entre nosotros.
Ahora puede llamarse cristiano, judío, musulmán o pertenecer a cualquier otra tradición. Su problema no es el nombre de su religión, sino su convencimiento de que Dios necesita rechazar a otros para demostrarle amor a él.
Confunde la verdad con la posesión exclusiva de la verdad.
Confunde la fidelidad con la intolerancia.
Y confunde la elección divina con una jerarquía de dignidad humana.
No se trata de afirmar que todas las doctrinas sean idénticas o que sus diferencias carezcan de importancia. Se trata de reconocer que ninguna convicción religiosa autoriza a despreciar a otro ser humano.
Conclusión
La alianza con Abraham fue particular, pero la bendición anunciada en Génesis tenía un horizonte universal.
Dios eligió a un hombre y a su descendencia dentro de una historia concreta. Sin embargo, esa particularidad no demuestra que los demás pueblos quedaran fuera de su amor o de sus propósitos.
El problema comienza cuando el hombre transforma el privilegio de haber escuchado primero en el supuesto derecho de ser amado exclusivamente.
Tal vez nuestra historia religiosa se parezca demasiado a la de aquel campesino que escuchó una voz proveniente de una realidad superior a la suya:
«¡Saludos, terrícola! Los he elegido».
Y, en lugar de preguntarse quiénes estaban comprendidos en aquel «los», decidió que el mensaje se refería únicamente a él y a sus descendientes.
Desde esta reflexión, Jesucristo no vino a corregir a Dios, sino a revelar con mayor plenitud lo que el hombre todavía no había comprendido.
Porque una cosa es que Dios haya elegido a alguien para transmitir un mensaje y otra muy distinta es que ese alguien haya sido elegido para apropiarse de Dios.
Quizá el mayor error del hombre religioso no sea desconocer a Dios, sino pretender conocerlo tan perfectamente que termina excluyendo a todos los que no piensan como él.
Y cuando dos hombres se enfrentan en su nombre, convencidos de que únicamente uno puede tenerlo de su lado, probablemente ninguno ha comprendido realmente quién es Dios.
Referencias bibliográficas:
Levine, A.-J. (2006). The misunderstood Jew: The church and the scandal of the Jewish Jesus. HarperSanFrancisco.
Sociedades Bíblicas Unidas. (1960). Santa Biblia: Reina-Valera 1960.
Wright, C. J. H. (2025). The mission of God: Unlocking the Bible's grand narrative (2.ª ed.). IVP Academic.